El 1-O, la ley del embudo y la culpa de todos

El 1-O, la ley del embudo y la culpa de todos

El próximo uno de octubre espero estar en Cuba (Dm), patria originaria de la bandera que hoy, convenientemente tuneada, representa al independentismo catalán. Sinceramente no sé qué va a ocurrir ese día. Por apostar diría que no habrá consecuencias reales inmediatas en cuanto a una escisión, pero se habrá estado tan cerca que puede que no quede más remedio que buscar una solución negociada de igual a igual, porque una parte se habrá empequeñecido tanto y la otra habrá aumentado de tamaño cual tumor. Llegar a este punto tan surrealista en el que un Estado (la nación más antigua de Europa) lleva años financiando su propia implosión se debe, entre otros muchos factores, a los siguientes: Pasqual Maragall decidió en 2003 dar un volantazo al PSC y descarrilar a un tripartito en el que traicionó a su propio electorado y asumió el ideario de ERC, lo que desembocó en el Pacto de Tinell y en una dialéctica falsaria en la que se habla abiertamente de dos legalidades, la española y la catalana, cuando según la Constitución (votada también por los catalanes), sólo hay una legalidad posible, la que reside en todos (he dicho todos) los españoles. El PSC huyó hacia adelante y apostó por un imposible para sobrevivir: el federalismo asimétrico, lo que es inviable por defecto, ya que lo federal es la unión entre iguales y no entre desiguales. Se abrió la puerta a una temeraria reforma del Estatuto que no había sido ni propuesta por Pujol. Zapatero anunció que acataría lo que se decidiera en Barcelona (aun antes de haberse decidido nada) y pronunció aquella memez de...
Atentado en Barcelona: reflexión en caliente

Atentado en Barcelona: reflexión en caliente

Llevo un rato tratando de contactar con mis amigos que residen en Barcelona para asegurarme de que se encuentran bien. No describiré lo que ha sucedido hoy 17 de agosto de 2017, porque ustedes ya sabrán. El atentado me produce una reflexión triste y pesarosa. Es cierto que cualquier acto de depravación merece una reacción contundente y efectiva (el derecho a la autodefensa), pero cuando te toca de cerca parece que duele más. Somos así.   La reflexión será breve. No trato ahora de encontrar el origen de esta demencia del daño gratuito al prójimo, su (sin)razón histórica y social, ni de señalar toda la inacción e inútiles minutos de silencio (quizás demasiada gente incapaz de entender que a veces la lucha es obligada) que nos han llevado a este punto. El otro día una buena amiga me refirió algo interesante. Me dijo: “El ser humano es el único ser viviente en la Tierra que es capaz de preocuparse por un igual sin conocerlo. Yo misma puedo sentir una íntima conexión con alguien del extremo Oriente sin que nunca nos veamos en persona”. Fascinante, pensé. No había reparado en ello. Viendo lo que ha sucedido hoy, es obvio que también el ser humano (algunos especímenes) es el único ser viviente de este planeta capaz de organizar en frío la mejor manera de sesgar la vida de gente a la que desconoce por completo, sin que medie la necesidad de cazar para buscar alimento. Es la psicopatía llevada al extremo. ¿Cómo un inocente bebé es capaz de involucionar hasta convertirse en semejante bestia?...
¿Y si para votar hubiera que ganárselo?

¿Y si para votar hubiera que ganárselo?

Será que me estoy volviendo un cascarrabias o que no me acobardo ante mis propias opiniones. ¿Madurez? Quiá. Lo cierto es que empiezo a coquetear con la idea de que el sufragio censitario no sea un anatema. Vayamos por partes, cual destripador: definimos sufragio censitario como el proceso electoral en el que, de manera previa, se establecen los criterios que determinaran cuáles son las personas aptas para aparecer en el padrón electoral o lista de electores autorizados. Por lo anteriormente expuesto es la antítesis al sufragio igualitario. Mi pregunta es: si uno se prepara para una entrevista de trabajo, para un examen de conducir e incluso para una cita con pretensiones sexuales, ¿por qué demonios da igual la manera con la que se afronta una participación en unas elecciones? Si usted es un sobrado al que todo le resbala porque se cree únicamente con derechos y con cero obligaciones, pues mire: su papeleta no vale.  La gran pregunta es cómo medimos de una forma justa y objetiva quién se ha ganado el derecho a votar (y a ser votado, oiga) y quién no. Pues propongo un examencito de nada, de tres preguntas tipo test en las que se cuestione lo básico: qué está usted votando y para qué. ¿Elige parlamentarios, primeros ministros, presidentes de República, cuánto dura la legislatura…? Por supuesto, el Estado debería prestar una ayuda gratuita para los que deseen formación al respecto. Ahora bien, si llega la hora de votar y un fulano no le ha dado la real gana de mostrar el mínimo interés o se acerca al colegio electoral sólo para hacer la gracia...
Una pésima receta de Arguiñano

Una pésima receta de Arguiñano

Trataré de ser concreto. Hay un futbolista del Real Betis que hoy ha sido declarado inocente en un juicio por posible maltrato a su expareja. Vivimos en una sociedad hipócrita donde la hombría es un bien altamente escaso, de tal forma que se critica sin conocimiento verdadero y a favor de lo que se considera políticamente correcto. Práctica asquerosa. Me explico en las siguientes líneas. El tal futbolista absuelto es Rubén Castro, tipo al que no conozco personalmente más allá de los muchos goles que suele anotar. En febrero de 2015, Karlos Arguiñano (popular cocinero presentado en los medios como un tipo presuntamente afable y bonachón), dijo lo siguiente en su programa televisivo de máxima audiencia: “El otro día, en un partido de fútbol, algún futbolista del Betis que ha debido tener un comportamiento violento con su pareja… Y los aficionados aplaudiendo, vitoreando al maltratador. Me parece, me parece terrible. El fútbol hay días que me enerva, o sea, la violencia que se crea a veces en los campos de fútbol. Yo pienso en los niños y he ido siempre con ellos al fútbol y no sé si ahora iría. Hay mucha violencia, mucha, desproporcionada. Una cosa es que en el fútbol puedas gritar o desahogarte y otra cosa es que vitoreemos al maltratador, por favor. Y que los árbitros no tomen medidas…”. Traducción: el chef vasco se suma al bienquedismo de estar en contra de la violencia de género; no quiero pensar que lo hace porque está de moda. ¿Conoce usted a alguien que en su sano juicio esté a favor? Yo estoy absolutamente en contra, pero no lo...
La sinécdoque y Guardiola

La sinécdoque y Guardiola

Pep Guardiola se ha cubierto de gloria. Quizás hable de “Estado opresor” y de “persecución” a modo de cortina de humo para que nadie repare en que cuando no cuenta con el mejor jugador del mundo a sus órdenes se convierte en un entrenador incapaz de competir al máximo nivel. Da igual; quizás mañana opine lo mismo de Qatar (o no), pero no deja de ser risible que un país que define de forma tan horrible le permita insultarlo en público de esta manera y no tenga la coherencia de devolver lo cobrado por vestir su camiseta nacional en una cincuentena de ocasiones. En fin, allá él y su distinguida alopecia. Es mucho menos relevante de lo que pretende. Sus formas le han perdido. Podría haber argumentado de manera más elegante su deseo de independencia para Cataluña, y posiblemente habría resultado más efectivo. La agresión verbal no es el camino para buscar soluciones. En cualquier caso, hoy hace demasiado calor como para estirar el chicle de este argumentario. Tan sólo me asalta una duda. A ver si la explico bien. La sinécdoque es un tipo de metonimia que suele asociar la parte por el todo. Guardiola sostiene que sólo los catalanes tienen la autoridad y competencia suficientes para decidir sobre un asunto que afecta al conjunto de ese país que todavía responde por el nombre de España. Y que la razón de esa tesis reside en la defensa de la democracia, en que el pueblo debe poder expresarse. Evitemos el debate de justificación histórica y demos por bueno el razonamiento: es lícito que una parte decida por el todo...
¿Qué es (exactamente) un buen libro y cómo detectarlo?

¿Qué es (exactamente) un buen libro y cómo detectarlo?

De un par de años a esta parte vengo desempeñándome como director editorial en Samarcanda. El trabajo resulta emocionante, porque básicamente consiste en proponer contenidos de lectura para el mercado. Algunas propuestas tocan la puerta para que sean evaluadas y otras son pensadas y buscadas de forma proactiva. ¿Existe alguna fórmula para predecir el sentido que dichas obras tendrán comercialmente? Partamos antes de la siguiente base: la excelencia no es sinónimo de que se vaya a vender bien. De acuerdo con el blablá de los clichés de que el público tiene la razón y demás milongadas, pero no es menos cierto que muchos programas de televisión basados en la provocación y los gritos arrastran audiencias millonarias, así que éste es el paño con el que hay que jugar. Bien, estábamos en lo de la posible fórmula para predecir el éxito (comercial) de un libro. Yo mismo soy el perfecto ejemplo de la diferencia existente entre un libro (con todo el trabajo y energía que supone) escrito por el puro goce personal, como por ejemplo fue mi primer Polifemo vive al Este, y otro armado con más tino comercial. Yo estoy muy orgulloso de ese libro, pero he aprendido que no tanta gente está interesada en conocer qué se cuece geopolíticamente en el oriente europeo desde el punto de vista de un viaje independiente que bucea en la historia. Tengo claro que seguiré escribiendo lo que a mí me gustaría leer, pero ahora, sin embargo, estoy percibiendo la sensación de éxito con El método Monchi, un libro casado a la actualidad que mira a un amplio público objetivo. Ambas propuestas son...