La sinécdoque y Guardiola

La sinécdoque y Guardiola

Pep Guardiola se ha cubierto de gloria. Quizás hable de “Estado opresor” y de “persecución” a modo de cortina de humo para que nadie repare en que cuando no cuenta con el mejor jugador del mundo a sus órdenes se convierte en un entrenador incapaz de competir al máximo nivel. Da igual; quizás mañana opine lo mismo de Qatar (o no), pero no deja de ser risible que un país que define de forma tan horrible le permita insultarlo en público de esta manera y no tenga la coherencia de devolver lo cobrado por vestir su camiseta nacional en una cincuentena de ocasiones. En fin, allá él y su distinguida alopecia. Es mucho menos relevante de lo que pretende. Sus formas le han perdido. Podría haber argumentado de manera más elegante su deseo de independencia para Cataluña, y posiblemente habría resultado más efectivo. La agresión verbal no es el camino para buscar soluciones. En cualquier caso, hoy hace demasiado calor como para estirar el chicle de este argumentario. Tan sólo me asalta una duda. A ver si la explico bien. La sinécdoque es un tipo de metonimia que suele asociar la parte por el todo. Guardiola sostiene que sólo los catalanes tienen la autoridad y competencia suficientes para decidir sobre un asunto que afecta al conjunto de ese país que todavía responde por el nombre de España. Y que la razón de esa tesis reside en la defensa de la democracia, en que el pueblo debe poder expresarse. Evitemos el debate de justificación histórica y demos por bueno el razonamiento: es lícito que una parte decida por el todo...
¿Qué es (exactamente) un buen libro y cómo detectarlo?

¿Qué es (exactamente) un buen libro y cómo detectarlo?

De un par de años a esta parte vengo desempeñándome como director editorial en Samarcanda. El trabajo resulta emocionante, porque básicamente consiste en proponer contenidos de lectura para el mercado. Algunas propuestas tocan la puerta para que sean evaluadas y otras son pensadas y buscadas de forma proactiva. ¿Existe alguna fórmula para predecir el sentido que dichas obras tendrán comercialmente? Partamos antes de la siguiente base: la excelencia no es sinónimo de que se vaya a vender bien. De acuerdo con el blablá de los clichés de que el público tiene la razón y demás milongadas, pero no es menos cierto que muchos programas de televisión basados en la provocación y los gritos arrastran audiencias millonarias, así que éste es el paño con el que hay que jugar. Bien, estábamos en lo de la posible fórmula para predecir el éxito (comercial) de un libro. Yo mismo soy el perfecto ejemplo de la diferencia existente entre un libro (con todo el trabajo y energía que supone) escrito por el puro goce personal, como por ejemplo fue mi primer Polifemo vive al Este, y otro armado con más tino comercial. Yo estoy muy orgulloso de ese libro, pero he aprendido que no tanta gente está interesada en conocer qué se cuece geopolíticamente en el oriente europeo desde el punto de vista de un viaje independiente que bucea en la historia. Tengo claro que seguiré escribiendo lo que a mí me gustaría leer, pero ahora, sin embargo, estoy percibiendo la sensación de éxito con El método Monchi, un libro casado a la actualidad que mira a un amplio público objetivo. Ambas propuestas son...
Por qué nos volvemos idiotas

Por qué nos volvemos idiotas

Junto a la oficina donde trabajo (tradúzcanlo por  intentar publicar buenos libros que tengan entrada en el mercado) se encuentra una fuente en medio de una plaza. Pleno centro de la ciudad. A mediodía un tipo se ha desvestido y se ha aseado en esa fuente a la vista de todo el mundo. Era un señor mayor. Ha dejado sus ropas amontonadas, y con unos gayumbos azules, algo desgastados, se ha introducido en el agua. Estaba flaco el hombre, las piernecitas no tenían mucha carne. Ha usado un pequeño bote relleno de un líquido verde que debía ser algún tipo de jabón. Pese a lo teóricamente bochornoso de la escena, el señor no me ha parecido impúdico ni lastimoso en su porte.  Yo marchaba con cierta prisa (iba a nadar, tampoco crean que me traía entre manos algo especialmente sustancioso), pero me dio tiempo a percibir el entorno de la escena. Los que estaban sentados en los bancos cercanos hundían sus miradas en sus dispositivos móviles ajenos a todo. Espié sin demasiado disimulo qué era aquello que tanta atención requería: uno jugaba a los globos de colores que explotan, otra deslizaba la pantalla arriba y abajo mirando novedades a través de su perfil de facebook y una más escribía un mensaje trufado de (odiosos) emoticonos. El resto de los presentes hizo como que no se daba cuenta de lo que sucedía, imagino que para evitarse el trago de cruzarse la mirada con el bañista (insisto, un señor que pasaba largamente de los sesenta años) y tener que mantenerla, lo que hubiera supuesto asumir que somos perfectamente conscientes y no hacemos nada...
Un mensaje para el futuro… en 1959

Un mensaje para el futuro… en 1959

Extracto de unas declaraciones del gigante Bertrand Russell firmadas en 1959.   Una última pregunta: supongamos, profesor Russell, que esta grabación sea vista por nuestros descendientes, como los Manuscritos del Mar Muerto, en un período de cientos de años. ¿Qué piensa usted que valdría la pena decirle a esa generación sobre la vida que usted vivió y las lecciones que usted de ella aprendió? Me gustaría ver dos cosas: una intelectual y una moral. Lo intelectual que me gustaría decirle es esto: cuando estés estudiando cualquier tema o considerando cualquier filosofía, pregúntate a ti mismo únicamente: ¿cuáles son los hechos?, ¿y cuál es la verdad que los hechos sostienen? Nunca te dejes desviar, ya sea por lo que tú deseas creer o por lo que crees que te traería beneficio si así fuese creído. Observa únicamente e indudablemente cuáles son los hechos. Eso es lo intelectual que quisiera decir. Lo moral que quisiera decir es muy simple. Debo decir: el amor es sabio, el odio es estúpido. En este mundo, que cada vez se vuelve más y más estrechamente interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a los otros, tenemos que aprender a aceptar el hecho de que alguien dirá cosas que no nos gustarán. Solamente podemos vivir juntos de esa manera. Si vamos a vivir juntos, y no a morir juntos, debemos aprender un poco de caridad y un poco de tolerancia, que es absolutamente vital para la continuación de la vida humana en este planeta.   ¿Por qué no le hacemos...
Doce meses después, ni cautivo ni desarmado…

Doce meses después, ni cautivo ni desarmado…

No quisiera caer en una bravata, alardeo, fanfarronada, jactancia o vanagloria. Igual lo acabo haciendo. Da igual. Considero que estos comentarios públicos (blog lo llaman) tienen más sentido cuando se enjuician cuestiones comunes que importan a más gente y no sólo al abajo firmante. Ya saben, lo que tiene que ver con esta sociedad que produce engendros en la presidencia de demasiados países y un sistema de retribución que premia y enriquece a gente inepta que ha conseguido generar un efecto de marketing en torno a ella, mientras que castiga o anula a investigadores científicos que aportan valor de progreso. La jodienda de siempre. Que nos hemos organizado de forma estúpida como raza dominante es algo evidente. Admito que con honrosas excepciones. A ello aludiré en otro momento, si les parece. Ahora toca darme a mí mismo la enhorabuena. – Oiga, este tipo se ha vuelto loco y se habla a sí mismo. – Eso parece. Escuchemos de todas formas el final de su enrevesado argumento… Pues bien, me felicito por haber logrado en un año dar forma a un sueño: todo un logro para alguien tan dado a la dispersión como un servidor, a arreglar el mundo en hipótesis pero no en acto. Justo hace doce meses andaba yo recorriendo Cuba para cimentar el libro que he publicado recientemente (Hasta el mojito siempre; sírvase leerlo si no lo ha hecho todavía), cuando detecté lo que me pareció una oportunidad de mercado: decenas, cientos de libros de autores cubanos que no habían podido dar el salto al resto del mundo por cuestiones propias del mercado nacional. Un viaje siempre...
Lo que he aprendido en 2016

Lo que he aprendido en 2016

“El hombre es cosa pasmosamente vana, variable y ondeante, y es bien difícil fundamentar sobre él juicio constante y uniforme”. Son palabras del gran Michel de Montaigne, el pensador que decidió recogerse en sí mismo para buscar las soluciones de una sociedad que no le agradaba. Tal fue su razonamiento: “Recientemente me retiré a mi casa, decidido a no hacer otra cosa, en la medida de mis fuerzas, que pasar descansado y apartado la poca vida que me resta. Se me antojaba que no podía hacerle mayor favor a mi espíritu que dejarlo conversar en completa ociosidad consigo mismo, y detenerse y fijarse en sí”. Fue Stefan Zwieg el que mejor puso negro sobre blanco su fascinante biografía (inacabada, puesto que el austriaco se suicidó antes de rubricarla). A través de sus páginas he recordado-aprendido que nuestra más imprescindible labor en este planeta al que maltratamos es la de conocernos a nosotros mismos. En el interior se encuentran las soluciones de todo. Regreso a Montaigne: “El que hubiera de realizar su deber vería que su primer cuidado es conocer lo que realmente se es y lo que mejor se acomoda a cada uno; el que se conoce no se interesa por aquello en que nada le va ni le viene; profesa la estimación de sí mismo antes que la de ninguna otra cosa”. Posiblemente, ésta sea la mayor lección que me ha brindado 2016, un año que me ha regalado energía para arrancar dos sellos editoriales a ambos lados del charco (viva Cuba) y para parir un nuevo libro de viajes. Y también a saber reunirme conmigo mismo y dar...