Deborah es la señora de la casa donde almorcé en la comunidad menonita (de perfil amish) que se encuentra en Upper Barton Creek (Belice), durante el viaje para escribir Operación Malinche. Originaria de Canadá, decidió, cumplidos veinte años, dejar atrás su vida ordinaria y regresar a lo esencial, a una existencia simplificada al extremo. Fue una sabia decisión. Eso pienso.

Nuestra conversación de sobremesa funcionó como un espejo para poner en valor lo sustancial de mi propia vida. Yo quería saber cómo es posible subsistir sin contacto con el exterior, sin móvil, sin una cerveza fría, sin una lavadora o un frigorífico. Pues oigan: se puede. La charla me hizo pensar cuántas veces nos complicamos de manera innecesaria… Piénsenlo: resulta muy absurdo desfondarse en un trabajo y luego emplear todo el dinero que hemos ganado en un costoso medio de transporte para acudir a la oficina, en un gimnasio para poner en movimiento nuestro cuerpo, anquilosado tras horas y horas delante de un ordenador, e incluso en un terapeuta que ponga en orden una cabeza deformada por exceso de estímulos, proyecciones a futuro e insatisfacciones varias. Muchas veces trabajamos para conseguir dinero que nos pague los problemas que el propio trabajo genera.

Pero, claro, ¿quién tiene la valentía para resetear su propia vida y decidir que disponer del tiempo es lo realmente valioso, con tantas facturas que acogotan?

Acabo de terminar de leer La vaca que lloraba, un libro muy didáctico escrito por el monje budista Ajahn Brahm. Una de las historias que narra nos habla de un pescador mexicano al que un hombre de negocios anima a trabajar más horas, lo que en teoría le servirá para poder adquirir un nuevo barco y así lograr más capturas, que a su vez le permitirían disponer una flota propia… y en último lugar mudarse a una gran ciudad y hacerse rico. “¿Y qué haría yo con tanto dinero?”, inquiere el pescador. “Pues podrías mudarte a un pueblo pequeño y salir a pescar únicamente lo que necesites”. Sucede que eso es exactamente lo que el tipo ya venía haciendo…

Es obvio que la fábula busca la reducción al absurdo, pero no está tan lejos de la realidad. Ahí está el ejemplo de mi amiga Deborah, mucho más feliz y menos estresada con su cofia y su cocina de leña que en la cosmopolita Toronto.

Hace una semana he estado un par de días en una cueva junto a la playa. En África. Sin cobertura telefónica, sin electricidad. Sólo las estrellas, la luna, el sol y el mar. Buena conversación, paseos, meditación, lectura y natación. Nada más y nada menos. Comer cuando aprieta el hambre y dormir cuando vence el sueño. Los patrones de conducta dejan de existir. Decido yo y decido ahora. Quizás sea esto la felicidad. Han sido sólo dos días a la altura de Deborah y del pescador mexicano. Luego he vuelto a los horarios y a la agenda.

Posiblemente falte arrojo para ejecutar el desapego. Pero al menos ya sé que la auténtica belleza de la vida sólo es posible cuando estamos descalzos.