—¡Pelotazo! Hay que ver lo listos que somos.

—¿A qué te refieres?

—A la genialidad de conceder el Nobel de Medicina a dos científicos que permitieron el desarrollo de las vacunas que modifican el ARN de las personas. Por lo del virus del covid que fabricamos, me refiero.

—Así es. De esta manera aprovechamos para hacer otro bombardeo informativo y que la humanidad entienda que nosotros, la élite, tomamos las medidas que hagan falta para su protección… ¡Pobres pardillos! Se lo tragan todo.

—Ummm, no estoy del todo seguro. Hay que tener la cara dura como el cemento para fabricar un virus, quitar gente de en medio y luego conceder el premio más conocido del mundo a los que han seguido las instrucciones de investigar la única vía que hemos decidido que es aceptable, después de tachar de locos y desleales a todo el que se haya atrevido a pensar por su cuenta… Quizás nos hemos pasado. Esto ya es demasiado descarado y se van a acabar dando cuenta.

—¡Quita, quita! No seas cenizo. Recuerda que hemos premiado con el Nobel de la Paz a auténticos dementes, de lo más belicosos que han existido. Buenos títeres que nos han servido para implantar nuestro relato de dominio. Y la gente se lo ha tragado, ¿verdad?

—Sí, la verdad es que sí.

—¿Lo ves? No te preocupes, hemos hecho de puta madre nuestro trabajo de alienación. Ya casi nadie piensa por su cuenta. Los estamos enfriando, según los planes de la Agenda.

—Si tú lo dices… En fin, ya puestos, podemos conceder el año que viene un Nobel al que inventó los aplausos a las ocho de la tarde mientras los teníamos encerrados en sus casas, totalmente acojonados.

—¡Coño! Vaya pedazo de idea.

 

Por supuesto, este pequeño texto es pura ficción.